martes, octubre 9

VIRGEN DE LA SOLEDAD. Por Alberto García García

El viejo León te observa
llorando ante la cruz.
Madre de la Vera Cruz
la Guapa de Minerva.
Virgen de la Soledad
paseas mecida tu encanto.
Palio, flor, corona y manto
de aquí hasta la eternidad.
Te veo poco ¡Qué pena!
siempre si es impar el año.
Alivias mi desengaño
cuando la luna está llena.
No hace falta que te alabe
te recuerdo desde mi cuna.
Para mí, como Tú, ninguna
hasta mi novia lo sabe.

A veces una cara es imán de Fé, una emoción que provoca una conexión eléctrica que se te mete en el alma desde la primera vez que la ves y de ahí ya nunca podrá salir.
Poco importa su historia, que sea de oro o de bronce ni siquiera quién la hizo, fuera este un héroe o un villano.
Estimado lector, te escribo estas letras desde el entusiasmo de descubrir, desde la inquietud de querer saber y desde la confianza en que tu corazón y el mío comparten sentimientos.
Afrontas la lectura de este artículo creyendo que versa sobre nuestra querida Virgen Guapa, lo cual es lógico tras leer su título y ver la foto que lo encabeza pero debo decirte que no es así, en este artículo vas a descubrir cómo existe otra Virgen de la Soledad increíblemente parecida a nuestra hermosa centenaria.
Se trata de la imagen titular de la Hermandad de Nuestra Señora de la Soledad de Elda (Alicante).
Bajo la advocación de Santísima Virgen de la Soledad, fue presentada en Elda el día 18 de abril de 1946 y es obra del famoso imaginero valenciano Pío Mollar Franch.


La imagen llegó a tiempo de ser estrenada esa misma semana santa de 1946 y ocupa desde entonces un lugar en el templo de Santa Ana, sede canónica de esta Hermandad eldense.

La autoría de esta “hermana pequeña” (es 29 años más joven) de nuestra amada Virgen Guapa, está perfectamente documentada, se sabe todo, hasta que fue financiada por la familia Beneit que donó la imagen a la Hermandad, corriendo también con los gastos de su trono procesional.
Respecto al escultor, se trata de D. Pío Mollar Franch (1878-1953) escultor valenciano de reconocido prestigio formado en la Real academia de San Carlos, autor de obras destacadas en Sevilla, Valencia, Córdoba, Málaga, Burgos, Cuenca o Mérida.
¿Será nuestra Virgen de la Soledad, popularmente conocida como la Virgen Guapa obra suya también? 
¿Es suficiente este extraordinario parecido para afirmar que son ambas, obra del mismo autor?
Sabemos gracias a los historiadores Antonio Alonso Morán y Alfonso Pastrana Fidalgo que la imagen compuesta únicamente por las manos y el rostro, fue donada por Genaro González Calzada en 1917.
¿Encargó D. Genaro González Calzada en 1917 dicha obra a este escultor levantino?
Yo pienso que SI y baso mi teoría en 3 motivos principales:
. El primero es el evidente parecido entre las 2 imágenes dado que son casi idénticas.
. El segundo es el estudio publicado por Gonzalo Márquez García, historiador del Arte que atribuyó la autoría de nuestra Virgen de la Soledad a Pío Mollar Franch.
Márquez argumenta esta atribución por la cercanía en tiempo y lugar de otras obras suyas documentadas en ese periodo, concretamente en la cercana villa de Benavente   “(sic)……..respecto a su autoría podemos señalar que la Virgen de la Soledad puede ser obra de Pío Mollar Franch (Valencia 1878-1953) por su gran similitud con una imagen que se encuentra en Benavente, conocida como La Dolorosa….
Márquez también compara ambas imágenes analizando la técnica de elaboración “(sic)…….ambas presentan la misma expresión a través de la boca ligeramente abierta y el mismo tocado de monja en blanco, la mirada se eleva al cielo, la forma de la barbilla redondeada es igual, como sucede en la línea vertical que marca la nariz, alargada en ambos casos, del mismo modo que el moldeado y dibujo de las cejas marcadamente horizontal y con un arqueo en los extremos elocuentemente similar. Todo ello nos pone en parangón a la Virgen de la Soledad de la Vera Cruz de León con la Dolorosa de Benavente, obra documentada de Pío Mollar………
. El tercero es la complicidad que he encontrado en todos los papones que han observado las fotos que ilustran este artículo, siendo todos partícipes del mismo pensamiento que aquí os transmito.

Finalizo mi exposición pidiendo perdón si mi pasión o mi atrevimiento ha podido molestar a alguien pero cuando se trata de mi cofradía siempre hablo desde el corazón y eso puede llegar a ser imprudente.

Un saludo.

Alberto García García

Bibliografía:
. Alfonso Pastrana Fidalgo. “La Soledad, nuevos datos para su historia” Revista da la Real cofradía del Santísimo Sacramento de Minerva y la Santa Vera Cruz. 2016.

lunes, marzo 19

CONSOLACIÓN DE MARÍA. Juan Manuel Miñarro, 2018.



Viernes Santo. (años pares)

Consolación de María. Juan Manuel Miñarro. Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias y Soledad. León. Foto. G, Márquez
2018 es el año en que la cofradía de Nuestra Señora de las Angustias y Soledad presenta una renovada devoción en forma de imagen, esta vez, ideada y realizada por el profesor y escultor Juan Manuel Miñarro.

Esta representación de María al pie de la Cruz sustituye a la realizada por José Ajenjo Vega en 1996, a fin de ser sacada en la procesión del Santo Entierro de los años pares y que a su vez, vio la luz para reemplazar la imagen de Dolorosa cedida únicamente en 1994 por la cofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno procedente del paso de la Crucifixión, en concreto la que figuró en el citado misterio entre su adquisición en 1928 y su sustitución en 1990. 


Aquel, fue el primer paso pujado por mujeres en la historia de la procesión del Santo Entierro. 

La nueva representación dolorosa de María para la cofradía de Nuestra Señora de las Angustias y Soledad de León, realizada por el maestro hispalense Juan Manuel Miñarro, presentada y bendecida por el Obispo de León, Julián López, en la Catedral de Santa María de León el 10 de marzo, es un crisol de renovación en la estética historicista de la imaginería netamente vallisoletana, de un barroco tardío, que da paso al academicismo de la escultura del siglo XVIII y a la idealización de la belleza femenina de escuela andaluza.

Parece que Miñarro arranca y toma detalles del maestro Gregorio Fernández, y crece con el estilo de Juan Alonso Villabrille y Ron a través del recuerdo del excepcional trabajo desarrollado en los paños y ropaje de la Dolorosa donada a la Basílica de San Isidoro por Fernando Ignacio de Arango Queipo, abad de la Real colegiata entre 1715 y 1720. 

El movimiento de la Dolorosa de San Isidoro de Villabrille y Ron, además, abre la puerta a otra influencia, la del alumno que formó: Luis Salvador Carmona, que parece haber inspirado también a Miñarro a través de la Dolorosa del Real de San Vicente de Toledo. 

Consolación de María. Juan Manuel Miñarro. Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias y Soledad. León. Foto. G, Márquez
Actitudes, movimientos, interpretación de una belleza en el rostro de María Dolorosa con un concepto diferente al tradicional de la escultura de escuela castellana, tanto que la cara de la nueva representación de la Consolación de María muestra otro concepto de belleza, edad y sufrimiento; el que llevaron a cabo artistas como Cristóbal Ramos, ejemplarizado en su Dolorosa del Museo Nacional de Escultura de Valladolid, y autor de la Virgen de las Aguas de Sevilla. Aunque si sufrimiento y dulzura tiene nombre y apellidos estos son el de la Dolorosa de Pedro de Mena para la iglesia de Santa María de la Victoria de Málaga, y también la mente de Miñarro debió tenerla en su conciencia.

El remate es el del propio estilo del autor sevillano, tan empapado de arte como la ciudad en la que nace, donde enseña Bellas Artes en la Universidad y trabaja en su taller en conservación del patrimonio y realización de nueva obra escultórica. 

Miñarro tamiza el tiempo de la tradición escultórica barroca española, de diferentes escuelas, y sintetiza todo ello en la futura Virgen de la Consolación, “de las Angustias y Soledad”, aportando ese pellizco que produce un estilo naturalista, cercano a un realismo idealizado, como expresión de un dramatismo que otorga belleza al sufrimiento del que emana el papel de la Virgen María en las creencias y teología católica, la de madre para todos, espejo de las virtudes teologales, de la fe, la esperanza y la caridad.

No es importante la obra material sin la importante herencia artística y cultural que muestra la bella imagen de Miñarro en una ejecución impecable, en su concepción, talla, policromías, movimiento, expresión y resolución final. 

Valiosa es por tanto la nueva adquisición de la cofradía de Nuestra Señora de las Angustias y Soledad de León, y destacada la labor del consagrado autor, Juan Manuel Miñarro.

La Virgen de la Consolación se muestra con una cruz realizada por Enrique Lobo, quien a su vez ha realizado las utilizadas en procesión por Nuestro Padre Jesús Nazareno de León, el Santísimo Cristo de las Tres Caídas de la Esperanza de Triana y la del Señor de Sevilla, Jesús del Gran Poder, cuya cruz en su altar de culto, también fue tallada por el propio Enrique Lobo. 

La Virgen de la Consolación es portada por sus braceras en un trono adaptado en el año 2006 por Jesús A. Fernández García en el que se sitúan cartolas con la representación del Vía Crucis procedentes de los talleres de El Arte Cristiano de Olot y tallas de Antonio Serrano, todas ellas adquiridas en el año 2000.

BRACERAS
92

MÚSICA. (2018) 

jueves, marzo 8

CONSOLACION DE MARÍA POR JUAN MANUEL MIÑARRO.

“El Autor tamiza el tiempo de la tradición escultórica barroca española, de diferentes escuelas, y sintetiza todo ello en la futura Virgen de la Consolación, “de las Angustias y Soledad”.

Consolación de María. Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias y Soledad. León. Autor y foto Juan Manuel Miñarro
Unos meses en secreto nos regalan la sorpresa de ver este avance de lo que será la nueva obra de Juan Manuel Miñarro López, una representación dolorosa de María para la cofradía de Nuestra Señora de las Angustias y Soledad de León que recibirá su bendición en la catedral de Santa María este próximo sábado 10 de marzo.

Deliciosas y sutiles estampas de un puzzle que tendrá en breve su espléndida resolución, para mostrar la visión conjunta del compromiso histórico y devoción mariana de la cofradía penitencial fundada en el desaparecido convento de Santo Domingo, con la imagen ideada por su creador, Juan Manuel Miñarro.

La Consolación de María es un crisol de renovación en la estética historicista de la imaginería netamente vallisoletana de un barroco tardío que da paso al academicismo de la escultura del siglo XVIII y a la idealización de la belleza femenina de escuela andaluza.

Parece que Miñarro arranca y toma detalles del maestro Gregorio Fernandez,  y crece con el estilo de Juan Alonso Villabrille y Ron a través del recuerdo del excepcional trabajo desarrollado en los paños y ropaje de la Dolorosa donada a la Basílica de San Isidoro por Fernando Ignacio de Arango Queipo, abad de la Real colegiata entre 1715 y 1720. 

El movimiento de la Dolorosa de San Isidoro de Villabrille y Ron, además, abre la puerta a otra influencia, la del alumno que formó: Luis Salvador Carmona, que parece haber inspirado también a Miñarro a través de la Dolorosa del Real de San Vicente de Toledo. 

Actitudes, movimientos, interpretación de una belleza en el rostro de María Dolorosa con un concepto diferente al tradicional de la escultura de escuela castellana, tanto que la cara de la nueva representación de la Consolación de María muestra otro concepto de belleza, edad y sufrimiento; el que llevaron a cabo artistas como Cristóbal Ramos, ejemplarizado en su Dolorosa del Museo Nacional de Escultura de Valladolid, y autor de la Virgen de las Aguas de Sevilla. Aunque si sufrimiento y dulzura tiene nombre y apellidos estos son el de la Dolorosa de Pedro de Mena para la iglesia de Santa Maria de la Victoria de Málaga, y también la mente de Miñarro debió tenerla en su conciencia.

Consolación de María. Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias y Soledad. León. Autor y foto Juan Manuel Miñarro
El remate es el del propio estilo del autor sevillano, tan empapado de arte como la ciudad en la que nace, donde enseña Bellas Artes en la Universidad y trabaja en su taller en conservación del patrimonio y realización de nueva obra escultórica. 

Miñarro tamiza el tiempo de la tradición escultórica barroca española, de diferentes escuelas, y sintetiza todo ello en la futura Virgen de la Consolación, “de las Angustias y Soledad”, aportando ese pellizco que produce un estilo naturalista, cercano a un realismo idealizado, como expresión de un dramatismo que otorga belleza al sufrimiento del que emana el papel de la Virgen María en las creencias y teología católica, la de madre para todos, espejo de las virtudes teologales, de la fe, la esperanza y la caridad.

No es importante la obra material sin la importante herencia artística y cultural que  muestra la bella imagen de Miñarro en una ejecución impecable, en su concepción, talla, policromías, movimiento, expresión y resolución final. 

Valiosa es por tanto la nueva adquisición de la cofradía de Nuestra Señora de las Angustias y Soledad de León, y destacada la labor del consagrado autor, Juan Manuel Miñarro.


Texto: Gonzalo Márquez. Autoría de Consolación de María y fotografía: Juan Manuel Miñarro.
Consolación de María. Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias y Soledad. León. Autor y foto Juan Manuel Miñarro

domingo, enero 21

RETABLO DE LA PEQUEÑA PASIÓN. El Corte Inglés. León. 28 de marzo de 2008

RETABLO DE LA PEQUEÑA PASIÓN.
El Corte Inglés. León. 28 de marzo de 2008.
Texto. Gonzalo Márquez García
Fotografía. Danilo Tarantino y Gonzalo Márquez.


Cuento realizado por el autor para las Jornadas de Exaltación de la Semana Santa organizadas por el Corte Inglés de León en la Cuaresma del año 2008, compartiendo atril con Jorge Revenga y Xuasús González., bajo la coordinación de la dirección del centro, Manuel Orellana y Jose Lúis Benito Monclús, a quienes hay que agradecer su dedicación y colaboración para con la ciudad de León y la difusión de su Semana Santa, patrimonio y cultura en diferentes ámbitos.



En primera instancia, agradecer su presencia y la invitación que el Corte Inglés de León me ha hecho, en boca de mí a amigo José Luís Benito, por comprometerme para aportar mi visión personal de los niños en la Semana Santa de León.

Y hablo de compromiso, por que entre otras cosas, ni soy, ni pretendo ser, un poeta ni un prosaico narrador. Por ello, espero su indulgencia por mi deficiente literatura, y su paciencia por lo extenso de mi relato, que al menos busca ser ameno, y al que he puesto como título: “Retablo de la Pequeña Pasión”.  

El título refiere a que, al igual que en la Historia del Arte, es sabido que por medio de los retablos se mostraba al pueblo los pasajes y enseñanzas del antiguo y nuevo testamento, así como los milagros y las historias de los santos, yo he pretendido por medio de este infantil apostolado, recopilar un testimonio sobre la importancia de la presencia de los niños cofrades para la Semana Santa y su futuro.


I. Apurado en su primera procesión.

En aquel recreo del colegio, y tras las cortas vacaciones de Semana Santa, comenzó a hablar Felipe, quien había llegado de Asturias hacía poco. Tenía a su familia en León, y de tanto venir quiso vestir la misma túnica de su tío leonés. 

Lo cierto es que como todos los “paponines”, hacía gracia verle con su túnica pequeña y su carita antes de la procesión, que mostraba una mezcla de susto y satisfacción poco común; o muy común, si atendemos a los rostros de los pequeños cofrades de León. Su estreno fue un Lunes Santo, a las puertas de esa capilla de Santa Nonia que se volvía multicolor y multitudinaria.

Fotos, carantoñas, y una corneta “chillando”, proporcionó la entradilla de la banda, que en armonioso estruendo hacía sonar la marcha real, pregón de la propia procesión que ya fluía hacia la calle San Francisco. 

A Felipe le situaron junto a un farol de plata, y le cubrieron por primera vez con un capillo que le sumía en la más estricta soledad. Sensación que desconocía hasta ese instante, pero que de algún modo, ya era consciente que sentiría. 

Atrás iba quedando la emoción de sus padres y sus interrogantes por saber si Felipe aguantaría, durante cuanto tiempo, y donde le recogerían; aunque sabían que no tenían que estar preocupados, pues su afamado tío caminaba unos metros delante de la criatura.

Nos contó entonces, en el patio colegial, que nunca había visto mejor la ciudad. En el anochecer, percibió sus calles estrechas, y más aún por la gente, que se agolpaba para ver aquel lento vaivén de hábitos con faldones, pisando el mismo suelo que otros habían tenido bajo sus pies mucho antes. 

Felipe había mirado la llama del farol en lo alto, inalcanzable para su estatura. Un farol sustentando por su bracero titular, con la oblicuidad exacta de señalarle la luna, que se descubría ya, casi llena en aquella nueva primavera. Visión que a través de las pequeñas aberturas para sus ojos en su pequeño capillo, nunca hubo imaginado ver. Absorto en ella, sintió un pequeño empujón por la espalda y una voz, esa voz siempre profunda, la del papón que tantas veces le había dejado boquiabierto.  

– Anda, camina, no te quedes atrás.

Felipe echó una carrerita. Tanto mirar al cielo le había despistado, y tenía que recuperar el corto trecho perdido con su luz de guía aquella noche. 

Y mientras, escuchó un rumor a la altura de la Plaza de las Concepciones, o mejor dicho, unas sonrisas, que el público dedicaba a su habilidad innata para no tropezar ni pisar su pequeña túnica. 

Disfrutaba de cada mirada, del redoble del tambor, del ligero cansancio en sus pies, de mirar las casas y sus balcones, cada piedra del suelo y de la pared, hasta que -frente a San Martín- fue consciente de algo con lo que no contaba. 

Pensativo, se dijo a si mismo: 

- -¡Me estoy haciendo pis!-

- Tanta gente alrededor, la procesión sin parar y no conozco a nadie. Bueno, a mi tío, pero no le he visto el pelo,… digo,… el capillo… 

Mordiendo su labio inferior ansiaba con ver esa catedral, -que le dijeron que por nombre llevaba el de Santa María, como uno de los barcos con los que Colón llegó a América-.  Catedral que casi siempre, de noche parecía una fotografía, como los carteles de Semana Santa, aunque su escasa estatura y la cantidad de gente que admiraba la procesión, no le permitieron a Felipe poder verla, y claro, volvió a la mente ese: ¡Me estoy haciendo pis! 

Ni que decir tiene que bajar la calle Ancha le hizo sentir el más importante del mundo, pero cada vez su apuro era mayor, y sus pensamientos complejos para ser explicados, aunque su convicción estaba decidida: Aguantaré. 

Pero a la altura de la confluencia con la calle Cid, y en un lo que dura un pequeño suspiro sintió que… bueno pensó: 

-¡Me he hecho pis! 

Tampoco le dio importancia. Una incomodidad, pero era papón, y estaba en la procesión. 

Una procesión que no pudo terminar. Su madre, unos metros más abajo se acercó a él y de la mano le retiró a una de las hileras que enmarcaban la procesión:

- Hijo, ¿estas cansado?

- No mama.

- ¿Estas bien?

- Si mama pero…

- ¿Qué pasa Felipe?

- No te enfades.

- No hijo, ¿Qué ocurre?

- Me he hecho pis.

Su madre levantó la cabeza, y buscó con mirada inquisitiva a su hermano, pero estaba bajo su capillo, probablemente con sus pensamientos, sabiendo que su sobrino tenía madera de sufrido papón y que ambos llegarían al final de la procesión. 

Esta vez Felipe no acabó. Bueno el sí acabo, lo que sucede es que no le dejaron terminar su primera procesión.


II. La Rosa de Pasión.

Lo de Bartolomé no tenía explicación. Todos los años contaba lo mismo.

- ¡Bartolo!.- ¿Este año que? ¿Te canearon otra vez?
- No

¡Pues sí que nos extraño su contestación!

Esta vez no canearon a Bartolo el Viernes Santo. Tenía que contarnos más. 

No sabemos si era vicio o el fundador de una nueva especie de espectador en las procesiones: El “atajador”. 

Sí. Ese individuo que vemos siempre durante la procesión, desde que salimos, hasta que entra el último paso al regresar la misma. 

Bartolomé este año estaba más sonriente de lo normal. Y es que, en sus ansias de conocer, de experimentar y observar, más que atajar y esperar a ver la procesión en varias calles y plazas del recorrido, la había visto salir, con intención de, este año, marchar a casa cuando la Virgen se alejase, y aplazar el castigo familiar para otra ocasión. 

Pero no había sido así. 

Absorto por el sonido de las bambalinas y del movimiento del palio, casi atrapado por el aroma de los blancos claveles, caminó junto a la Señora, como un penitente, como un ofrecido que sin pedir nada, sintió estar bajo el manto de la Virgen, a la que fue contando sus inquietudes, sus miedos, sus alegrías, sus secretillos de inocente niñez, hasta que tomó conciencia, de repente, al percatarse de estar a apenas cincuenta metros del punto inicial de partida de la procesión. 

- ¡Ay Madre! -Me tengo que ir-. ¡Perdóname!, pero no puedo verte entrar.

Al tiempo de decir estas palabras, mirando su rostro con tristeza, flanqueó el reluciente trono de plata y cayó del cielo una blanca rosa, reflejo de aquella luna que coronaba el cielo.

Se agachó y, tomándola, salió corriendo a casa apretando los dientes y el puño con pasión. 

Al entrar en su hogar hacia las doce y media de la noche, y antes que nadie pudiera recriminarle su tardanza, levanto su mano, dirigió sus ojos a su madre, esbozó una sonrisa, y le entregó su rosa, la rosa de la Virgen, la flor del paso, un paso del que había sido bracero por primera vez, aunque ni llevó túnica, ni capillo, ni tenía carta da pago. 

Hoy, todos los años, y siempre que su trabajo lo permite, viste su hábito de penitencia para cumplir con sus promesas y su devoción.


III. El miedo.

Estaba Tomás, como siempre, con la mirada caída y con su silencio por respuesta, esquivando los ojos de todos nosotros.

      - ¿Y tú? ¿Qué hiciste Tomás? 

Tardó en contestar.

- Venga Tomasín, cuenta. 

- Corrí.

Y Tomas corrió, si. Vamos si corrió. 

Al paso de una procesión nocturna por San Isidoro, como siempre asustado, miraba con el ceño fruncido el discurrir de los cofrades, sus tambores, las chillonas cornetas y los pasos, mientras medio escondido tras su madre y su tía observaba un mundo que le era casi ajeno. 

En algún momento, una mano encuerada en negro se posó sobre su cabeza, casi abarcándola, y al levantar sus ojos, pudo ver a uno de esos hombres enlutados, cubiertos de negro capillo, cuyos agujeros dejaban ver unos ojos cansados, y entre todos los sonidos una voz, profunda y opaca que le decía:

- Hola Tomás, ¿sabes quien soy?

Y Tomás echó a correr. Sí. 

Despavorido como si hubiese visto a la misma muerte, y desencajado su rostro, marchó huyendo, dejando la hilera de personas que ceñían la procesión. 

– ¡Tomás!, ¡Tomás!- Gritaba su madre. 

Entonces se detuvo y giró totalmente, a la altura de la Puerta del Perdón, mostrando sus ojos llenos de lágrimas que eran la manifestación aparente de su gimoteo, de su miedo y creo que casi de su pena por si mismo.

- Hijo, es tu tío. Ven. - Le dijo su madre, mientras caminando hacia él, le tendió su mano firme, cariñosa, comprensiva y acogedora, con la esperanza de quitar su temor y de consolar su llanto. 

Lo volvió a llevar, casi escondido y cobijado bajo su abrigo, al lugar donde ese papón, para él como cualquier otro, ya no estaba. Pero su temor continuó durante todo el discurrir de la solemne procesión, y durante el resto de su vida, porque jamás volvimos a verle tras acabar aquel curso.


IV. El capillo.

Santi siempre se presentaba con cara de tristeza aunque tras sus ojos azules y pelo rubio manifestase un gran carácter.  Era curioso que antes de llegar la Semana Santa y al finalizar esta, se mostraba algo melancólico. 

Recuerdo haberle visto aquel año en la plaza de Santa María del Camino un Domingo de Ramos antes que la Redención anunciara su austera salida desde el patio del convento de las Carbajalas. A Santi le llamábamos así porque era algo más pequeño que otro de la pandilla que también se llamaba Santiago, en fin. Estaba aquel día con sus padres y algunos amigos de estos, y deteniéndose el grupo para hablar con algún papón conocido que se dirigía al punto de partida del cortejo penitencial, nuestro amigo estiró el brazo lo suficiente para tirar del capillo que uno de los cofrades llevaba en su mano. 

Evidentemente la gracia tuvo su recompensa y todos los mayores convinieron en ponerle aquel capillo, a lo que Santi se prestó sin oposición alguna, y aunque le quedaba sobradamente amplio, le intentaban colocar los agujeros buscando la conexión visual con el grupo de adultos, y especialmente con su padre.

- Anda, quítate eso ya. – Le ordenó su padre.

Ni que decir tiene, que en cierto modo, las miradas del resto del grupo fueron algo recriminatorias a lo que el padre dijo:

- No le voy a hacer papón. No insistáis.

Santi todos los años venía triste a contarnos que su familia, especialmente su padre no quería hacerle papón, y eso que todos los amigos de su papá lo eran, e incluso llevaban a sus hijos e hijas, todos juntos se vestían, y antes de la procesión tomaban roscas, aceitunas negras aliñadas y limonada casera. Pero su decepción inicial siempre tenía un tono de esperanza, y una frase casi eterna en su mente

- Puede que el año que viene.


V. El paso del Nazareno.

Nuestros amigos Juan y Mateo siempre habían mostrado una gran afición por la música leonesa y los bailes regionales, creo recordar que les venía de familia, sin embargo ninguno de ellos vistió túnica en su infancia. Eran dos hermanos complementarios y siempre pensamos que algún día tocarían un tambor y una corneta en la banda de una de las cofradías leonesas. Pero lo primero que nos contaron sobre las procesiones de aquel año no tenía que ver con la música, aunque aporrear, aporrearon un rato.

En la tarde del Sábado de Pascua, antes de salir a ver la procesión de la Soledad, después de tomar fuerzas tras el almuerzo y ante una ausencia temporal de sus padres, decidieron jugar a los papones. 

A un par de pillos como estos no les fue complicado buscarse los medios. Dos bolsas de papel, de las que antiguamente daban los ultramarinos para subir la compra diaria a casa, sirvieron de capillos tras proceder a la apertura de los necesarios agujeros para la visión, y sus batas de andar por casa las utilizaron a modo de túnicas. 

Teniendo la vestimenta, faltaba la ocupación. Tras aderezarse el uno al otro en el salón, fijaron su vista en una mesa de centro rectangular, toda de madera y con la superficie en mármol blanco,  de unas dimensiones asequibles como para situarse a ambos lados cada uno; y a la de “uno, dos y tres”, ¡arriba!, elevaron al techo del domicilio paterno y materno la mesa, cual trono del mismísimo Nazareno, pues, con un poco de plastilina, habían fijado sobre la superficie de la citada mesa, la estampa que le había dado un papón el Viernes Santo, de esos que además te da la mano y tu le intentas quitar el guante. 

Así tomaron su “paso” y ante el culebreo que iniciaron, ambos pensaron que faltaba ritmo para unificar el criterio de la marcha “en procesión”.

Mateo, dando tres veces con la palma de la mano en su lateral de la mesa, se detuvo. Juan hizo lo mismo, y ambos bajaron a brazo y al suelo su trono, pues los tentemozos eran un poco cortos, lógico por otro lado. Mateo, el mayor, dijo a su hermano: 

- Ven conmigo Juan.

Se dirigió a la terraza, tomó la fregona y la despegó del palo. En el momento Juan se dio cuenta e hizo lo mismo con la escoba. Ya tenían unas buenas horquetas.

De vuelta al salón repitieron el mismo ceremonial, y ahora sí:

….clack…..clack…..clack…. 

Tomaron su ritmo e iniciaron su estación de penitencia en absoluto silencio y recogimiento, como pocas veces se siente en las calles de León por donde pasan las multitudinarias procesiones.

El largo pasillo fue recorrido en ambos sentidos, y mostraron su maestría al girar en los codos en ángulo recto. El mismo conocimiento y práctica, manifestaron al llegar al final del trayecto, donde tomaron la decisión de dar media vuelta bajo sus improvisadas andas, algo que les aliviaba alternativamente sus hombros y les daba ánimos para tomar otra vez el largo trecho del pasillo domestico, mientras rítmica y sucesivamente repetían el sonido que producían sus horquetas al golpear el suelo. 

Así pasaron un rato, hasta que según llegaban a uno de los límites del pasillo, el que servía de comunicación, a través de una puerta, con el hueco de escaleras comunal del inmueble, percibieron el inequívoco sonido de una llave girando el bombín de una cerradura. 

Sonó un “click”…., al momento de toparse de frente con sus queridos padres, que no se creían la visión que tenían delante. 

Un niño con un palo de escoba posado en el suelo, con la cabeza cubierta por una bolsa de papel, y el cuerpo con la bata que el rey Melchor, alias su abuela de Mansilla, le había dejado en el árbol de Navidad el día seis de enero del año pasado, sosteniendo con su hombro derecho y en magnifico equilibrio la mesa del salón que habían comprado al casarse. Al otro lado y en perfecta simetría, su otro hijo, con el mismo atuendo pero con la mesa en su hombro izquierdo, manteniendo en alto el palo de la fregona, y en ese instante:

…clack.

Al mirar los padres el suelo del hall, percibieron como la tarima de pino que habían barnizado durante las vacaciones de agosto presentaba unas pequeñas hendiduras irregulares, que seguían una alineación paralela y equidistante aproximadamente en unos setenta centímetros a lo largo del todo el pasillo.

Ese año, Mateo y Juan, por primera vez, se quedaron sin acompañar a la Soledad y tampoco pudieron, por castigo didáctico, estar con el Resucitado. Y aún hoy recuerdan como su primera procesión, cuando llevaron sobre sus hombros al Nazareno por exclusiva y última vez en su vida, había tenido lugar en su propia casa.


VI. La banda.

Al oír esto, Pedro, Santiago y Andrés, no pudieron más que cruzar sus miradas y ponerse a reír.

- ¿Podíamos quedar con vosotros el sábado que viene? Espetó Pedro.

Y cierto era. Por que los tres hermanos, también habían jugado en repetidas ocasiones a los papones en casa, tanto en ausencia como en presencia de su madre, aunque en obligada e irremediable separación de su padre. A estos les dio por la bulla y por el ruido, ya que aunque eran banda, no presentaban ningún tipo de afinación, armonía ni ritmo alguno. 

Pero vamos por partes.

Son muchos los juegos en que los niños pueden dedicar su tiempo de entretenimiento, y normalmente la imitación de lo que hacen los mayores es uno de los esparcimientos en los que invierten más tiempo, sobre todo si es algo soñado y anhelado por ellos. Ya Mateo y Juan nos lo mostraron, y Pedro, Santiago y Andrés como otras jóvenes criaturas de León, se empeñaron en seleccionar dentro de sus juegos el ser papones.

Para aquella ocasión, y como elemento fundamental, buscaron un capillo, símbolo perfecto y visible de todo cofrade penitente en España. Esta vez fueron las bolsas de la compra del supermercado del Perpetuo Socorro, y como siempre, agujereadas para que los ojos puedan disfrutar de la visión comunal. El reparto de los oficios para la procesión fue del siguiente modo:

Pedro, el mayor, tomó la escoba, por cierto, gran recurso de juego, y colocando un paño de cocina extendido sobre la superficie de las cerdas de la escoba, construyó el estandarte, el guión, como lo llaman los de León.

Santiago, ató una cuerda de esparto a un caldero, de tal forma que la base quedara hacia arriba, y con dos cucharas soperas, a modo de baquetas poder disfrutar de un magnifico tambor. Y el pequeño Andrés hizo de una revista enroscada su estridente corneta, o al menos su representación, ya que para estridente su voz, sobre todo si se ponía a berrear cuando cogía una rabieta.

Formados de tal guisa y en fila india, primero el estandarte, luego la corneta y cerrando el tambor, la procesión estaba formada y en marcha, no hacía falta decir una sola palabra.

Tuuu tu, tuuu turuuu tu….Pon pon porron pon porron…. 

El estruendo era tal, y la descoordinación mayor, que hasta a Pedro, ceremonioso él, se le escapaba la risa, y procuraba no mirar atrás para evitar la carcajada, que a buen seguro sería contagiosa y provocaría la disolución de la compañía, igual que cuando en las procesiones de León llueve a cantaros, algo nada extraño por otro lado, y cada papón, o espectador busca refugio donde puede. 

Pero así siguieron por el largo pasillo, haciendo las paradas de rigor y manteniendo el silencio de palabra, hasta que en algún momento Pedro quiso ser tambor, a lo que se opuso Santiago, a la vez que Andrés también reclamaba el aporreado, o mejor dicho, “acucharado”, caldero. 

Entre negociaciones y disputas, siempre llegaba el acuerdo en el reparto, y al final todos hacían de todo, y quizás esto último, fuera motivo para que, años después y desde su perspectiva real de papones, su labor en sus cofradías sea participativa, activa y comprometida, sea cual sea el mandato de sus seises y abad responsables.


VII. Judas, el buen hombre.

Judas, miraba con el ceño fruncido y con una sonrisa perpetua que le caracterizaba y era reflejo de su propia persona. 

La verdad es que todas las Semanas Santas nos metíamos con él, y con sus pequeños rizos que caían sobre su frente. Nosotros siempre pensábamos que su madre le había puesto de nombre Judas, por que creyó al nacer que sería malo, pero él nos decía que no era el Judas del paso de la Sagrada Cena. 

Sin embargo, nuestro Judas, siempre tenía fijación, pasada la Semana Santa, con la cara del Judas, el Iscariote, el que iba en el monumental paso de la hermandad de Santa Marta. 

Estaba impresionado y casi obsesionado con su rostro y con la bolsita que lleva. Nos decía que su madre le había vuelto a explicar como esa bolsa contenía treinta monedas que le habían pagado para entregar a Cristo. 

Quizás por eso se fijaba tanto en el Judas del paso, ya que es un nombre de hombre malo, algo que no le gustaba, pues así se llamaba él mismo, aunque tenía bien estudiado como su nombre, también Judas, era por un primo de Jesús, un hombre bueno. 

De hecho, nuestro Judas, nunca ha traicionado a nadie, siempre ha sido ecuánime y tranquilo, amigo de sus amigos, demostrando con actos su generosidad, incluso cuando el reparto de las flores, después de finalizar actualmente las procesiones de Semana Santa a las que asiste como hermano, se pone un poco tenso.


VIII. Papón de portada.

Simón había entrado en la Semana Santa por la puerta grande, pues su padre era un respetado abad honorario de una cofradía de la ciudad, la que apodan como la Minerva. 

Como cada Semana Santa vestía su túnica y formaba parte, con el resto de los hermanos, en las procesiones de la cofradía. Al principio había sido llevado en brazos de su progenitor, pues aún no tenía pierna suficiente como para caminar por si solo. Con el paso de los años empezó a andar y a hacer todo el recorrido, aunque, si era necesario, le sacasen un rato de la procesión, por eso de ser pequeño y por necesidades básicas, que de lo contrario y por él, no lo haría.

Conocía todos los pasos y los papones le conocían a él, lo cual sabía y en cierto modo aprovechaba, puesto que los galones en cualquier cofradía siempre mandan e imponen a los demás.

Pero no era lo que más le importaba. Lo cierto es que su verdadera debilidad era coger una baqueta y golpear un tambor. Siempre estaba buscando, antes y después de la procesión, a un amigo y hermano de su padre que, aunque ya tenía edad, aporreaba el tambor como el primero.

Aquel año, Simón no tenía que contarnos lo que había hecho. Lo sabíamos todos. En nuestras casas nos habían enseñado el Domingo de Ramos la foto de portada de un periódico local, en el que aparecía, a gran tamaño el rostro de nuestro compañero con su túnica y con el capillo recogido hacía arriba, como esas fotos en blanco y negro tan antiguas como nuestros padres, y aporreando un tambor. Pero no el de verdad, sino uno pequeño, de no muy buen aspecto, con colores chillones y dibujos animados, acordes con el fondo de la fotografía, donde había un gran número de globos de diversas formas, que venden los ambulantes para sacar beneficio a esto de la Semana Santa. En fin, Simón, más que estar en una procesión parecía que había salido en el carnaval infantil de los niños.

Pero Simón lo disfrutó, como cada una de las procesiones en las que participaba, absorbiendo como una esponja los conocimientos de su padre, quien le enseñó el respeto, la seriedad, y el compromiso que todo papón debe adquirir para ser eso, un papón de León.


IX. Almohadillas para los hermanos braceros.

Era ahora Matías quien sonreía, como si lo que escuchaba de sus once amigos fuera poco en relación con su experiencia. 

Como casi todos los años había visto pasar la procesión de los pasos en unos balcones de la calle Teatro, en los que algunos años había mucha gente y otros demasiada poca. Tras la comida del típico bacalao al ajo arriero, bajó a la plaza de las Palomas donde estaba todo preparado para que saliera la procesión de aquellos papones multicolor, y que tanto le impresionaban por su señorial presencia. Allí y bajo la sombra del gran crucificado, un hombre de roja túnica y negra capa, que decía ser veterinario, le intentó convencer para que el próximo año llevara los hábitos de la compañía, pero él sabia que no podría ser; dando por terminada la conversación. 

Era temprano aún, y no lejos de allí y casi a la misma hora, saldría la procesión del Santo Entierro, así que dirigió sus pasos a la iglesia con más trasiego cofrade de la ciudad.

Las puertas de la capilla se hallaban entreabiertas, lo justo como para deslizar su pequeña mano entre las dos hojas e intentar mirar lo que guardaba en secreto el interior del templo.

Silencio. Absoluto silencio y un olor a primavera extraordinario, y por supuesto los pasos, con sus Cristos y Vírgenes dispuestos al culto público por las calles de una ciudad, que expiraba en la tarde de aquel Viernes Santo.

Decidió entrar al interior, con sigilo, y acercarse al Cristo muerto que yacía, en ese pequeño espacio acristalado, y que siempre le heló la sangre cuando, desde los balcones, podía distinguir su rostro sereno, casi durmiente, pero inerte. Nunca vio la muerte en él, sino la paz. Fijando la mirada en la sagrada imagen, sintió que, a su vez, alguien le estaba observando, o mejor dicho, espiando, aunque en realidad, en ese momento y en ese lugar, el espía era él mismo.

- Hola. ¿Quieres ayudarme?

Matías pego un ligero brinco, acompañado de un movimiento visiblemente convulso mirando alrededor suyo e intentando dirigir sus ojos al lugar de donde había partido aquella voz.

Junto a unas grandes figuras, pudo distinguir a un hombre, de poca estatura, rostro cansado pero afable y con una ligera sonrisa que le otorgaba un aspecto bonachón. Aquel hombre se acercó a Matías, quien no sintió miedo alguno, esperando conocer su proposición.

- ¿Cómo te llamas?

- Matías. 

- Estoy apurado de tiempo y queda poco para que empiecen a venir los braceros. ¿Quieres ayudarme? 

- Si, ¿pero que puedo hacer yo?

Poniéndole la mano en el hombro, le señaló un saco negro que estaba junto al trono del Señor en la Urna, y sacó algo también oscuro que después de agacharse colocó amarrado a una de las varas de la parrilla del paso. 

- No he podido colocar aún las almohadillas de ningún paso. - Le dijo.

Matías, como si nada, tomó otra almohadilla y le miró, mostrando su contestación afirmativa en su actitud y en su propio rostro, pues se debió de iluminar de satisfacción.

Aquel pequeño hombre le explicó, que debía poner cuatro almohadillas, en cada una de las varas delanteras y traseras y otras seis en cada uno de los dos laterales bajo el trono. Así comenzó su labor, extrañándole que aquellas almohadillas eran diferentes, hasta de cinco clases, unas eran lisas, con mayor o menor desgaste, otras de pana, incluso tenían distintos tamaños, algunas eran como un tubo hueco por dentro, y otras contaban con unas tirillas de cuero que se abrochaban como un cinturón, con su pequeña hebilla, y de estás algunas contaban con tres, otras con dos, y alguna había incluso, con una sola sujeción. Con lógica y sumo cuidado puso las almohadillas en la Santa Urna, fue a continuación al paso de la Virgen de las Angustias, y preguntando a su “patrón”, este le señaló la distinta distribución en número de almohadillas. Así hasta que nuevamente aquel hombre le dijo:

-No te molestes tanto. Sujeta las almohadillas solo con una hebilla, las demás ya las abrocharán los braceros.

Aunque le sonó extraño, así lo hizo. 

Mientras, poco a poco se iban colando en la capilla papones de negra túnica, y capillo en cíngulo, que observaban y murmullaban.

Matías, comunicó la conclusión de su labor. Aquel hombre le miró con complacencia, metió la mano en el bolsillo del pantalón y le entregó unas estampas, las que se repartirían entre los braceros, y por estos, al público y devotos durante la procesión, y a la vez, tomando una rosa blanca de las que adornaban el paso de la Virgen de las Angustias, le dijo: 

- Esta, dásela a tu madre.

Sintió entonces una mano en su espalda y supo que era el momento de abandonar la capilla, así comenzó a caminar hacía las puertas, cuando escucho una llamada:

- ¡Matías!

Se giró, aprovechó para mirar de nuevo el conjunto de los pasos, totalmente preparados para la inminente procesión, y fijó su vista en aquel hombre que volvió a dirigirle de nuevo su palabra del siguiente modo:

- Gracias hermano.

Mientras salía, entre el mar de túnicas negras, intentó captar toda la intensidad del olor a Semana Santa que allí se concentraba, y sintió como se llenaba su alma de ilusión y satisfacción.

Aquel año, Matías vio la procesión en la Plaza Mayor, en la Plaza del Vizconde y en la calle Teatro como algo muy suyo, teniendo la conciencia de saber que ningún bracero conocía quien había aportado su compromiso anónimo y humilde para que todo estuviera listo en el cortejo fúnebre de Cristo, excepto él mismo, y su amigo y ya hermano, de quien nunca volvió a saber nada, ni siquiera su nombre.


Fin.




A los jóvenes cofrades de nuestra Semana Santa, y a sus mayores, para que no nos falte nunca la transmisión de nuestras tradiciones, sentimientos y creencias.