jueves, 9 de febrero de 2017

Cruz de la Aparición de la Madre de Dios en León. Plaza de Santa María del Camino. Texto preparado y leído por Carlos García Rioja en la Exaltación Mariana con motivo de la Presentación de la Banda de Cornetas y Tambores Nuestra Señora de la Soledad de León.

PRESENTACIÓN BANDA DE CCTT NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD (LEÓN)
12 de noviembre de 2016 

Santa Cruz de la Aparición de la Virgen del Mercado.
Plaza de Santa María del Camino. León.
Por Carlos García Rioja

Soledad. Soledad anticipada la que sintió María al escuchar de labios de Simeón el anuncio de una Pasión imposible de imaginar reflejada en el rostro de un Niño. Jesús será Hombre Salvador de todo un pueblo aunque no todos lo entiendan así. El evangelio de San Lucas, que recoge la profecía del anciano, también deja escrito el tantas veces repetido «quien no está conmigo, está contra mí»…
Cruz de la Aparición de la Virgen del Mercado. León. Foto G. Márquez.
Soledad. La de una Madre con su Hijo yerto en su amoroso regazo. «Atended y ved»… Y desde aquel 9 de febrero del 566 –mil cuatrocientos cincuenta años se cumplen, pues, según las crónicas− León es fiel devoto de aquella Virgen que, aquí mismo, sobre una zarza, se apareció ante los ojos incrédulos de un pastor. Catorce siglos y medio y decenas de generaciones después, los leoneses seguimos rezándole a María aquí mismo, como en esta tarde de otoño y buena nueva musical, como en las tardes en que Nuestra Señora de los Dolores, la Antigua del Mercado, abandona durante escasas horas su refugio románico y se echa a la calle sobre un río de cera y oraciones, de fe inquebrantable que se palpa a diario y, de forma muy especial, en las nueve jornadas que median entre el jueves anterior al de Pasión y el Viernes en que repican las campanas.

Este crucero, tantas veces olvidado como la propia plaza que lo alberga, ha sido testigo mudo del cotidiano acontecer y de otros tiempos. Aquellos en los que el bullicio del mercado, que así la bautizó en el siglo XVIII, tropezaba con estas viejas piedras que ahora sólo son noticia cuando van a ser removidas, pues la memoria es la eterna asignatura pendiente de esta ciudad. Era otra época, sin duda, la que hizo de este mástil pétreo, pregón y picota, en torno al que reunir al pueblo, en torno al pan y al grano que también dieron nombre a una plaza en la que los ríos abrazan a León ajenos al olvido, como si aquí el tiempo se hubiese detenido hace años. Muchos años…

Es quizá la plaza de Santa María del Camino el último reducto de aquel León que se nos fue a lomos de la modernidad, bien o mal entendida. La plaza del Grano sobrevive custodiada por dos faros devocionales de distinta intensidad que han guiado a su barrio y a su gente, que no son sólo los aquí nacidos, sino cuantos así lo sienten. A nuestra izquierda, el templo dedicado a la Antigua del Camino, cobijo de feligreses y también de peregrinos que ascienden por Herreros hacia su particular Monte do Gozo. Y a la diestra, las Hermanas de San Benito, aquellas que no pueden ocultar su procedencia, pese a llevar más de cuatro siglos entre nosotros tras regresar de su diáspora en la Legua, haciendo de “Carbajalas” el más cariñoso de los apodos.

El centenario cenobio, sin duda, otro relicario de la devoción a María en la capital, es la primera de las cuatro estaciones conventuales de la ruta que marcael itinerario de Los Pasos" de Jesús Nazareno en la mañana del Viernes Santo desde hace tantos siglos como el propio convento. También aquellos eran otros tiempos en los que las estaciones en las comunidades de Carbajalas, Clarisas, Agustinas Recoletas –hoy desaparecidas del viejo enclave del Cid− y Concepcionistas fusionaban lo espiritual con lo mundano, tal y como, en otros muchos aspectos, continúa sucediendo.

De esta forma, la plaza sobre la que ahora pisamos ha sido testigo soslayado de nuestra Semana Santa, observándola desde uno de sus costados, pero sin hacerse protagonista de los cortejos. Así fue hasta que, justo hace veinticinco años en este 2016 que ya vislumbra su final, un papón con tintes de visionario y amplias dotes disuasorias, el recordado Óscar Trobajo, pusiese el entonces patio del colegio benedictino en el punto de mira de los papones leoneses. Aquello ocurrió un Domingo de Ramos de 1991 y, a la salida de la nueva Cofradía de la Redención, le siguió al año siguiente la de otra penitencial de nuevo cuño, la de María del Dulce Nombre, esta vez atravesando la plaza junto a este crucero, buscando la calle Juan II y un hueco para las hermanas de negro y verde.

A continuación, recalaría Minerva y Vera+Cruz con sus cortejos de la Amargura y del Santo Entierro, al abrigo de unas Carbajalas que acogieron en aquellaépoca a cuantas cofradías llamaban a sus puertas. Así, también lo hicieron las Siete Palabras para dotar de horizonte a su Vía Crucis, realizando en la capilla de las Benedictinas el acto central que, con el tiempo y fruto de la eterna incomprensión eclesial, se daría de bruces con el portón cerrado, buscandoeste mismo crucero al que acudió durante años el Cristo de los Balderas mientras sonaba Soledad Franciscana También hasta aquí llegó por primera y única vez una entonces novel Cofradía de Jesús Sacramentado, testimoniando así la importancia de este rincón dentro de la geografía urbana como el único donde la tradición marca que ha tenido lugar una aparición mariana en esta antigua Corte de Reyes.

De esta forma, durante el último cuarto de siglo, la plaza del Grano ha cobrado relevancia en el callejero paponil que, hasta entonces, sólo la buscaba de paso, como en aquella portada firmada por el irrepetible Cristian Pinto Ferré que, ya en los años cuarenta del pasado siglo, ponía el arte gráfico al servicio de la Semana Santa de León, tal vez como un hombre adelantado a su tiempo.

El Vía Crucis de la Redención, con toques a posa desde el campanario del Mercado, convierte cada Lunes Santo a este crucero en una de las catorce estaciones de la Vía Dolorosa que hoy también nos disponemos a recorrer en la mitad de altares de palabra y música. Oraciones de sentimiento como la Salve popular que le rezan, también aquí, a la Virgen, los cofrades de la Sobarriba antes de buscar la mansedumbre del "Ranero", ese Señor al que pedimos la Buena Muerte...

En esta tarde otoñal, de oro de hojas desprendidas, de vísperas de la patrona Santa Cecilia, habéis acudido a la llamada de esta banda que hoy nos nace como los braceros de la Morenica acuden a la de su bracero mayor para pasar lista en esta escalinata cada tarde de Viernes de Gloria. Sí, de Gloria. Porque lo es ese instante en el que León se arracima en estas calles para ver abrir el portón de Herreros y poderle rezar a la Virgen de los papones−sin cofradía que la advoque, ni falta que la hace− anunciar que la Ciudad ya es toda Semana Santa. Incluso para el que trata de huir de ella.

Aquí nos veremos, si Ella quiere, el próximo 9 de abril y tantos pórticos pasionales como Ella quiera, para comenzar a contar las horas del revés y vivir los días más intensos del calendario… como lo ha hecho hasta este, su particular Viernes de Dolores, la banda de cornetas y tambores de Nuestra Señora de la Soledad, la formación que hoy se nos presenta para rendir un homenaje a la Virgen con sus toques, llenos de clasicismo y de sabor semanasantero, que vuelven a envolver a estas calles de melodías casi olvidadas, relegadas por modas y modos.

Como aquel Maestro que un entonces jovencísimo Dionisio Buñuel dedicase hace ahora veinticinco años a Manuel Pardo, referente de la banda de las Cigarreras de Sevilla que ahora dirige el compositor hispalense. Maestro de músicos cofrades como lo fue el ya mencionado Óscar Trobajo en una de las formaciones de más dilatada trayectoria de nuestra Semana Santa, la de Minerva y Vera+Cruz, banda a la que pertenecieron muchos de los hoy componentes de la Soledad. En su recuerdo, y en el de tantos maestros que han dado las cornetas y tambores leoneses, vaya, como en una tarde de primavera de las vividas hace dos décadas esta, su marcha.

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