martes, 18 de octubre de 2016

EL NIÑO PELAYO QUIERE SER ALABARDERO DE LEÓN (Presentación del concierto del XV aniversario de la Agrupación Santa Marta y Sagrada Cena de León. Segunda intervención. 28-02-2016)


Aquel lunes Santo, y ya hace 15 años, Pelayo sintió algo distinto. Su alma de trece años, no recordaba que la paz de su casa fuera alterada por redobles de tambores, ni sones armónicos de trompetas.

Apostado en su privilegiado balcón, observó el transcurso de una procesión desconocida para él, y escuchó una música que rejuveneció su fe inquebrantable.

El niño Pelayo le preguntó a su maestro: 

- Profesor, ¿que esto?

- Esto es música de Semana Santa. Ya tienes edad de saberlo, y, además, aunque más joven, aquí llegaste antes que yo.

- Ya, pero, tu que eres doctor en sabiduría, ¿no te parece distinto?

- Ahora que lo dices, un poco si. Me recuerda a aquella ciudad, su alegría y también su saber estar en los días de Semana Santa. Parece un compás distinto, y su melodía me trae olor de azahar. Si que es diferente y a enterarme voy a ir. 

Quedó Pelayo, pendiente de saber lo que el sabio había de averiguar.

No tardó, el doctor octogenario, en caminar tras aquel rosario de papones de hábito blanquecino y capillo granate, que le eran tan familiares pero no durante aquel día santo de Pasión.

Al regresar, casi en la madrugada del Martes Santo, le contó a Pelayo que los hermanos de la cofradía de Santa Marta, habían decidido hacer una nueva procesión, que por Rosario de Pasión tomaban y como banda, llevaban una nueva, con su nombre de Santa Marta y la Sagrada Cena, y que llamaban Agrupación.

Pelayo, satisfecho, asintió y durmió tarareando una melodía que había escuchado aquella noche.

Así pasó Pelayo estos últimos años, en su balcón eterno, disfrutando cada año más, porque el Rosario de Pasión, la Esperanza del Sacramentado y los hermanos del Desenclavo, le habían traído la música de La Cena, que de alabarderos ya se habían vestido, y cuyas notas embelesaban su corazón de niño, y endulzaban el recuerdo de aquellos cinco años que había pasado en una cárcel de la califal ciudad de Córdoba.

Comentaba, un año sí y otro también, con su maestro y compañero Isidoro, como las melodías se hacían más dulces, como era de clara la percusión, de que modo aquella música le hacía más sensible, más humano, de como las lágrimas empezaban a caer por sus mejillas, por tener su alma en León, pero lo que quedaba de su cuerpo en Oviedo.

Tembló de emoción, cuando el Sábado Santo, de la vecina iglesia de Santa Marina, cofrades de negro y burdeos llevaron allí al Señor crucificado, y los músicos de aquella agrupación, apaciguaron el dolor de su Madre Desconsolada.

Y fue entonces, al ver desenclavar a Cristo, cuando Pelayo le dijo con firmeza y entre sollozos al sabio arzobispo de Sevilla: 

- Don Isidoro, yo quiero ser Alabardero.

- Pelayo, -le respondió el Doctor de la Iglesia - 

- Tu no has de llorar. Estamos en el mejor lugar de esta bendita y santa ciudad, guardamos las puertas de la casa del Señor, y disfrutamos cada primavera de las bondades de las gentes de León, al traernos a María Santísima a nuestra vera. Has de ser feliz. 

Pero el Santo niño Pelayo, quería ser alabardero.

No le visteis este año, seguro que los pasados tampoco, pero en la última Semana Santa, Pelayo, dejó la piedra de la basílica de su maestro, San Isidoro, y caminó por tientos las calles de León el Lunes Santo, con el beneplácito de su eterno compañero.

Quizás fue el buen tiempo, quizás esta música de Dios, lo que hizo que Pelayo se perdiera entre la gente, se colocase al frente de la formación, mirase al cielo donde un León rampante, la representación de la ciudad que le acogió hace más de mil años, dibujaba su figura en aquella luna llena de primavera.

Regresó el Lunes Santo, satisfecho de su correría, de la travesura de abandonar por unas horas, al Señor, en su dedicación a custodiar su Templo milenario. San Isidoro lo había entendido, y nada dijo.

Sabía Pelayo, que el Señor de la Plaza de la Catedral salía el Jueves Santo, y allí acudió por que los alabarderos de León, irían para cumplir con su obligación de escoltar y emocionar a Santa Marta.

En el pórtico de la misma Catedral, el niño mártir Pelayo quería ser alabardero, y así le dijo al Niño Dios de la más pura y blanca Madre de León. 

- Mi señor, quiero yo ser alabardero. 

No le respondió aquel santo niño juguetón y distraído. Pero habló el Señor de la Pasión celestial, que custodiado por sus ángeles, muestra las llagas de su sacrificio, en manos, pies y costado, al pueblo y visitantes de León. 

- No Pelayo. Has de estar en San Isidoro, porque de mi perdón y misericordia debes de ser allí testigo. 

Triste, pero obediente, fiel a su fe y alegre por escuchar a Dios, reparó en aquella música, en el gentío, en la multitud, y se fue a su casa pétrea, a esperar solo dos días para sentir de nuevo el sonido de los alabarderos de la Cena.

El gentío de Viernes Santo en la plaza de la basílica, los pasos de este grandioso Viernes Santo leonés, la pena de ver al Señor con la Cruz y Descendiendo de ella, reflejada en su Madre Dolorosa, no le hicieron olvidar su sueño infantil.

La tarde de aquel soleado sábado le generó inquietud, la de los niños leoneses al ver el carrito de las obleas o sentir la percepción del susurro grave de los tambores, haciéndose más intensos, cuando el corazón redobla su latir con el golpe de tambor. Incienso, gentío, una cruz de difuntos antigua venía de frente, y su espera se sació cuando la agrupación de la Cena entró en la Plaza de San Isidoro, y en ese instante, el niño Pelayo se dirigió a San Isidoro y repitió sus palabras, su sueño interior: 

- Yo quiero ser alabardero. 

El arzobispo le miró y le dijo:

- Tu no puedes ser alabardero porque, tu ya estas en el cielo y ellos le tocan al Señor en la tierra de León.

- Pues si ellos en León están, que toquen su música al celestial cielo, para yo escucharles y para que el Señor les traiga a todos en el futuro aquí conmigo, al cielo, y yo, con ellos, poder ser alabardero de León con Santa Marta y el Señor de la Sagrada Cena, para agasajar a mi Virgen Madre, con la oración hecha música de un Ave María. 

FIN. 

Con todo mi cariño a los Albarderos de la Agrupación Musical La Cena de la ciudad de León.

Gonzalo Márquez García. 
Concierto XV aniversario Agrupación la Cena. León. Foto Fernando Gonzalez Menendez. Ferchy
Concierto XV aniversario Agrupación la Cena. León. Foto Fernando Gonzalez Menendez. Ferchy

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