lunes, 29 de julio de 2013

VICISITUDES Y ABANDONO DE LA CAPILLA DE JESUS NAZARENO EN EL CONVENTO DE SANTO DOMINGO DE LEÓN. 1752-1836



Si en la entrada anterior en el Blog “El Seise” recuperábamos un artículo publicado en 1998 sobre la compra y fundación de la capilla de Jesús Nazareno en el convento de Santo Domingo, en esta ocasión reeditamos un artículo divulgado en 1999 que abordaba, tomando diversas fuentes documentales procedentes del Archivo Histórico Nacional y del Archivo Histórico Provincial, las dificultades que tuvo la cofradía para mantener su capilla, desde los problemas económicos, pasando por el derrumbe de un muro de la capilla, un conflicto con la comunidad de frailes del convento de Santo Domingo, un acuerdo con estos últimos para que pudiesen abrir una puerta en la misma capilla de la cofradía, el incendio de Santo Domingo, el intento por renovar su capilla y el definitivo y obligado abandono.

Esperando que sea del agrado de los lectores y seguidores de éste blog y sirva para continuar con la divulgación de aspectos referentes a la Semana Santa de León y sus cofradías, paso a dejar la reproducción del artículo citado. 


VICISITUDES Y ABANDONO DE LA CAPILLA DE JESUS NAZARENO EN EL CONVENTO DE SANTO DOMINGO DE LEÓN. 1752-1836.

Márquez García, G. “Vicisitudes y abandono de la capilla de Jesús Nazareno en el convento de Santo Domingo de León. 1752-1836.” Diario de León, Revista Filandón, 28 de marzo de 1999. 

No hace mucho tratamos en este mismo foro sobre la creación de la capilla de la cofradía de Jesús Nazareno en el Convento de Santo Domingo de León, entre 1610 y 1615. Hoy vamos a continuar hablando de la misma, hasta el instante en que la hermandad se vio obligada a abandonarla con el proceso desamortizador de 1835.

Señalamos, en la ocasión anterior, las condiciones fundacionales de la capilla, así como las celebraciones a las que concurrían la comunidad religiosa y la cofradía. Todo ello es confirmado por el Catastro del Marqués de la Ensenada, 1752, donde se detalla que la cofradía debía abonar “(...) setenta y tres reales y medio que cada año paga a dicho convento la cofradía de Jesús Nazareno por cuatro misas cantadas al año y una rezada cada mes, que cumple dicho convento en la capilla de el donde esta dicha cofradía.” 

En 1788, la cofradía eliminaría la colación de pan, vino y queso que ofrecía a los 52 braceros que portaban los 5 pasos propiedad de la misma. Sucedió el 12 de enero de 1788, con la oposición por parte de aquellos para llevar los pasos si la hermandad se negaba a ofrecer dicho refrigerio, obligándola, “según capitulo de regla”, a que “cumpla con hacer la procesión del Viernes Santo solo con el paso de Jesús Nazareno”. Continuaría esta situación un año más hasta que en 1790, y apremiada por el obispo de León, ofrecerá 2 reales a cada uno de los braceros, para pujar los pasos del cortejo procesional. Ese mismo año y por estar “arruinada la capilla”, se destinaron 188 reales para su arreglo. En 1795 se expulsa definitivamente a los braceros, denominándoles como “judíos”. De este modo, la junta de seises afrontará y costeará la reforma de todos los pasos de misterio eliminando las figuras de sayones y otros personajes, dejando solamente “las efigies que representan la pasión del Señor”. Esto aligerará los pasos y permitiría hacer pequeños tronos de tablas con dos parihuelas laterales, para que fueran portados por solo 22 hermanos enteros; cada uno de aquellos sería pujado por 4 braceros excepto el del titular, que conservando probablemente la efigie del Cirineo, lo sería por 6.

Lo dicho hasta ahora no tiene relación directa con la capilla de la hermandad, aunque sirve para ilustrar un momento de decadencia económica que desembocará con el impago, en 1797, de la cantidad estipulada a la comunidad religiosa de Santo Domingo, en razón del uso y propiedad de la capilla; y en un litigio judicial por la ruina de una pared divisoria entre dicho oratorio e iglesia del convento, produciéndose una sentencia condenatoria del Juzgado Real y Ordinario de la ciudad contra la cofradía, debiendo ser esta quien se hiciera cargo de su arreglo. Ambas situaciones motivaron que por una junta de hermanos en 29 de abril de 1798, y tras la exposición de los hechos por parte de la junta de seises a los hermanos presentes, se acordase dar poderes al abad y seises para negociar con el prior y frailes del convento una solución pactada, que consistirá en acceder a unas ansiadas pretensiones, de estos últimos, para abrir una puerta en la pared izquierda de la capilla, con el fin de dar una salida directa a los monjes desde su sacristía a la iglesia del convento. Para ello la hermandad consultará, a los licenciados Quiñones y Fernando Navas Spinola, si este acuerdo de los cofrades era suficiente para autorizar al abad y seises a negociar y concertar lo que fuere necesario con los frailes. El primero señala que tienen plenas facultades y que la apertura de la puerta no perjudica a la cofradía. El segundo rubrica lo dicho por su colega, añadiendo que se debe otorgar para la perpetuidad de lo que se concierte, una escritura en la que se inserte el acta de la junta de hermanos levantada por su secretario el 29 de abril del mismo año, así como una licencia del obispo de León, para la validación del contrato. Esta última será solicitada por el abad de la hermandad el 30 de mayo de 1798, siendo dispensada  por Cayetano Cuadrillero, obispo de León, al día después.

De este modo, el 2 de junio del dicho año se llegará a la concordia entre el reverendo padre prior, religiosos del convento de Santo Domingo y la cofradía de Jesús Nazareno de esta ciudad, en la siguiente forma. El maestro de obra Francisco de Ribas, debía trazar el sitio por donde se debía romper y abrir la puerta, con la presencia del dicho prior y frailes, abad, seises y hermanos de la cofradía. Así y con las licencias necesarias, los monjes se harían cargo de la obra que les facilitaría la salida desde la sacristía a la iglesia “a todas horas y tiempos”, bajo las siguientes condiciones:

1º. La escritura de fundación de la capilla, de 21 de abril de 1611, no debía alterarse en ningún punto, excepto en la facultad que tienen ahora los frailes del convento en abrir dicho acceso.

2º. Cualquier deterioro en las bóvedas y paredes producido por la apertura del nuevo vano, sería arreglado a cuenta del convento. Además, la colocación de la puerta debía hacerse procurando la menor deformidad, haciéndose las molduras y labores de yesería, todo sufragado por los monjes, para que “quede dicha puerta con el aseo y hermosura debida”. 

3º. La comunidad conventual renunciaría, por siempre, a seguir o promover los autos judiciales pendientes, que obligaban a la hermandad a pagar el arreglo del muro arruinado, coste asumido por aquella al tiempo que realizaba la obra de la puerta. Dando nula y cancelada la sentencia contra la cofradía.

4º. El hecho que la hermandad permita al convento abrir la puerta en su capilla, es una gracia que debe ser recompensada con la cancelación del abono de los 188 reales y medio debidos por la cofradía al convento, quedando también exenta del desembolso de las cantidades estipuladas, en el contrato de venta de la capilla,  hasta el año 1803, incluyendo el impago de 8 libras de cera blanca.

Ambas partes de acuerdo y declarando no existir engaño, y en el caso que lo hubiese renunciar a cualquier reclamación, firmarán el contrato. De una parte: el padre prior, fray Alonso de Santo Tomás; subprior, fray Simón de la Huerga; lectores de teología, fray Juan Manuel de Rojas, y fray Leandro Delgado; maestro de estudiantes, fray Juan Francisco Castellanos Arroyo; y de la otra: el abad de la cofradía, Miguel Antonio Cañas; y seises, a excepción de uno, Pedro Antonio Arroyo, Mateo Cruz García, José Carnicero Rodríguez, y Santos Ribero.

Pero esto no es más que la prueba de una situación de deterioro, que se verá agravado por todo el proceso de enajenación iniciado con la real cédula de 9 de octubre de 1798, por la que se intervendrán bienes pertenecientes a hospitales, hospicios, casas de misericordia, cofradías, memorias, obras pías, y patronatos; durante la llamada desamortización de Manuel Godoy; agudizando aún más la crisis interna de la hermandad, que se verá privada, así, de algunas fuentes de ingresos procedentes de censos y foros.

No demasiados años continuaría la cofradía con su capilla en el convento de Santo Domingo. La situación llegará a ser critica; primero entre 1804 y 1808 los abades no rendirían las correspondientes cuentas anuales, momento, dicho de paso, de epidemias y hambrunas. Desde 1808 la guerra de Independencia y el incendio, provocado en el convento de Santo Domingo el 1 de enero de 1809, motivó que hasta el año 1815 no se reorganice la hermandad, que como las demás había desaparecido durante el periodo de ocupación de las tropas francesas. Desde este último año las reuniones de la cofradía se verificarán en la capilla de la Esclavitud, actual Santa Nonia. Al mismo tiempo y en dicha fecha, la compañía tomará un cierto impulso con la contratación y realización de un sexto paso, la “Oración del Huerto”, que con un coste de 370 reales ya “procesionó” en la Semana Santa de 1816.

En 1826 y con la ayuda del Ayuntamiento, obispo y su cabildo catedralicio, la hermandad intentará remodelar su destruida capilla, del casi extinto convento de Santo Domingo, aún de su propiedad. Efectuará, así, un importante gasto en material y portes de transporte, así como en la contratación del maestro de obra, tejeros y “serreros”. Todo ello costeado con la venta de madera de chopo, donada por las autoridades citadas arriba, cuotas de nuevas entradas de hermanos y hermanas, y las rentas de algunos censos que aún conservaba.

Pero todo intento por  reconstruir su oratorio, de Jesús Nazareno, fue inútil, ya que el decreto de 25 de julio de 1835 por el que se suprimen los conventos y monasterios, así como las ordenes posteriores y complementarias para llevar a cabo el proceso desamortizador, obligó a que la hermandad se instalara definitivamente, y hasta el día de hoy, en la capilla de la Esclavitud, a cuyo tesorero abonaría la cantidad anual de 6 reales desde 1816, pasando a tener su sede canónica en la parroquia de Santa María del Camino, o de la Virgen del Mercado como se la conoce popularmente, cerrando así un ciclo de su historia: el que comprende toda su existencia en el convento Dominico de León desde la adquisición de la capilla homónima hasta su forzado desalojo, entre 1615  y 1836.

Gonzalo Márquez García.

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